El cáncer de cruz
El retrato de una mujer sentada al borde de la cama, envuelta en una bata de dormir, sosteniendo un cigarro. La escena se sitúa en un momento suspendido, donde la rutina cotidiana se cruza con una noticia que lo altera todo.
La mirada, cargada de rabia y desesperanza, no se desborda, se sostiene. No hay dramatismo explícito, sino una contención que se vuelve más inquietante. El gesto de fumar introduce una repetición, un hábito que persiste incluso frente a la ruptura.
Esta pieza marca el inicio de una línea narrativa que se extiende en otras pinturas como La interrupción, La espera y El marido de Cruz se entera. Más que una serie cerrada, se trata de una continuidad donde la historia se fragmenta en distintos momentos.
Fue, además, la primera obra en la que esta historia comenzó a tomar forma.